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Desde la
elipse se expone
asombrada la
mirada
de un cautivo
que en el tiempo
se quedó
dormido
bajo el arco
del Puente de los Suspiros.
La niebla
humedeció su joven cuerpo
impregnado de
alcoholes y silencios
y su alma se
quedó entre las paredes
de ese puente
tan bello como viejo.
Una dama
medita en el silencio
(que apenas
rompen las góndolas que pasan)
sobre la
displicencia en las comparsas,
de un
carnaval que habilita con sus máscaras
toda clase de
aventuras vanas.
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El agua
muestra una orilla iluminada
por la luz de
un radiante día nuevo
que en la
pared interior del puente viejo,
se refleja en
la fresca mirada
que
inútilmente trata
de adivinar
secretos pensamientos.
Su carnaval
murió, ya no hay comparsas
No hay
sonidos de pitos y matracas.
Únicamente la
góndola que pasa
por el canal,
deja efímera estela
y el murmullo
del agua que desplaza.
La blanca
máscara,
que oculto
tiene un rostro,
hoy no
develará a su portadora
que ahora,
buscándose,
se ve en el
agua reflejada, mientras,
se entibia el
aire con la aurora.
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