SEBASTIÁN AUYANET
En Nuevo París, a unas cuadras de la calle
Llupes que Fernando Cabrera inmortalizó en El
tiempo está después, la ONG Giraluna hace que
120 chicos canten esa canción y otras propias.
Con ellas grabaron un disco que este año se
llevó un premio Graffiti.

Más de 50 niños arriman bancos en el hall de
entrada. Contra la puerta de madera, alguien
pega una cartulina con varias líneas que
describen distintas trayectorias. Cuesta que
todos los protagonistas del ejercicio hagan
silencio, pero finalmente se consigue.
Ambas manos de cada niño están a media
altura. Suena la Contradanza 1, de Wolfgang
Amadeus Mozart. Ayudados por un chico que va
siguiendo la trayectoria de cada línea con una
antena, las manos van siguiendo el movimiento
señalado para cada mano, en perfecto compás con
la música. Termina la canción/coreografía y
todos aplauden. El ejercicio se llama PPC
-Programa de Potenciación Creativa- y está
orientado a acercar el desarrollo de los
hemisferios izquierdo y derecho del cerebro.
"durante la vida se suele trabajar mucho más el
izquierdo, que es el que vendría a activar la
racionalidad. Con este ejercicio también se
desarrolla el derecho, que es el centro de las
habilidades más creativas como las artísticas y
las musicales", explicó a El País la maestra
Daniela Paller, una de las docentes de Giraluna.
La actividad PPC es apenas una de las que los
alumnos de Giraluna realizan todos los días en
este centro de apoyo escolar.
"La música es transformadora; es
socializadora. Es generadora de emociones, y
estamos en una era donde cuesta mucho ponernos
en contacto con lo que sentimos. Es algo que
tiene que estar en la vida de todos los gurises
desde temprano", explica la maestra.
Generar momentos de belleza, de placer, de
elaboración y acompañamiento de la tristeza, de
alternativa a lo estrictamente verbal para
comunicar sentimientos, de crecimiento
intelectual y hasta como instrumento de sanación.
Entender que hasta tararear una canción puede
generarle placer a una persona. Apenas algunos
de los argumentos que mencionan los
profesionales ante la atenta mirada de los
pequeños.
"La música es una de las ramas de la cultura
más importantes. Y aquí queremos abarcar mucho
la cultura, porque nos parece que es un
complemento fundamental que por ahí no lo tienen
con tanta intensidad en los otros ámbitos"
explicó Adrián Posada. "La música es un pilar y
también es parte de lo que se traen desde
afuera; en este tipo de zonas, la cumbia arrasa.
Nosotros queremos abarcar todo. Fue genial ir a
(la ceremonia de) los Graffiti y ver cómo ellos
reconocían a varios de los músicos que allí
estaban". Uno de ellos fue Mario Carrero, que
incluso había estado días antes en la casa de la
calle Julián Laguna para cantar junto a los
chicos.
Él es el director musical del disco Que salga
la luna, cocinado en esas paredes de la calle
Julián Laguna y grabado en el estudio Madreluna
del Cerro, toda una coincidencia.
En el disco no grabaron todos los chicos sino
25, pero de alguna manera u otra participaron
todos. "Para empezar, fuimos todos juntos a ver
el estudio antes de grabar. Si hacemos algo,
tenemos que hacerlo todos los que estamos",
explica el profesor. "Una vez allá, fue
increíble ver las reacciones. Una de las
chiquilinas empezó a cantar con los auriculares
y cuando se escuchó a sí misma se los sacó de
golpe, se escuchaba con mucha claridad".
Y agrega: "nos gusta pensar que hay 120
discos (uno por cada chico que asiste a Giraluna)
girando por esos barrios. Entrás a ellos y ves
que esa música está sustituyendo otra". Además,
el contacto con la música no se queda sólo en
ese horario de la tarde. Muchas veces, salen
camiones y ómnibus derecho a donde haya
espectáculos para que vean.
TODOS JUNTOS. Giraluna nació como un comedor
infantil en 1988 y, a partir de 1996, ya
trabajando como ONG, fue reconocida por INAU
como un club de niños. Funciona como proyecto de
atención parcial que atiende a hijos de las
poblaciones socioeconómicamente más vulnerables.
"Compartir soledades. Compartir ese `estar fuera
de` con una integración fuerte" es lo que
persiguen los técnicos y directores del centro.
Cerca de la nochecita, el amplio hall de la
casa se vuelve a transformar en un gran comedor.
Algunos pequeños ayudan a organizar las mesas
mientras los técnicos traen la comida de la
amplia cocina. En uno de los pasillos, camino a
la huerta, hay una amplia pileta en la que cada
niño se lava las manos antes de comer y se
cepilla los dientes después de hacerlo.
En aquellos años el proyecto comenzó como una
idea del padre Víctor Hugo, párroco de Nuevo
París que, en función de las necesidades de la
zona en ese momento decidió generar algo que
abarcara más que lo que podía dar la parroquia.
Desde aquellos tiempos, en la zona vivían, iban
a la escuela y jugaban en las plazas cientos de
hijos de operarios de la curtiembre Branaa. La
curtiembre apoya con dinero un proyecto que
provea complementos de alimentación y educación
a los hijos de los trabajadores. Con el tiempo,
fueron ellos y muchos vecinos más.
Sobre el año 2000 se resuelve que Giraluna
comience a autogestionarse y a salir de la
órbita de la obra social perteneciente a la
parroquia, al tiempo que comienzan a llegar más
técnicos. El apoyo de Branaa cesó, pero se
retomó años después. "Vino uno de los dueños de
Branaa y no reconoció el lugar hasta que vio un
mantel y ollas que había comprado su hermana",
cuenta la maestra. Hay chicos que están en el
proyecto hace más de seis años.
Pero Giraluna no es sólo música. Dos veces
por semana, los grupos hacen yoga, apoyo
escolar, tiempo libre de "placita", huerta,
plástica, gimnasia, psicólogo y educación
física. Los niños que asisten se dividen en
grupos según la edad: chiquitos, medianos y
grandes, además del colectivo de adolescentes
que trabaja en otra casa cercana.
"El grupo de talleristas tiene claro a dónde
va, y el trabajo es integral. Por lo que la
música implica y lo que generó el premio, la
repercusión está más por ahí, pero lo cierto es
que este es un trabajo muy sinérgico", explicó
Posada.
"Nosotros estamos pidiendo un convenio para
la mañana, porque en la zona no hay ONGs con
este tipo de atención. Las familias llegan por
diferentes ramas: desde escuelas de la zona,
equipos de policlínicas de salud mental que
recomiendan el trabajo con equipos de
psiquiatría. "El equipo técnico es el que luego
decide si están dadas las condiciones para que
puedan aparecer en el proyecto. La idea es saber
si los chicos pueden ir al ritmo de este centro
de atención que está tan rutinizado", explicó
Paller.
HACER CANCIONES. En Giraluna, el área musical
había sido trabajada por Diego Rossberg, actual
cantante de la banda Cuatro Pesos de Propina, y
el músico Eduardo Yaguno, que también ha grabado
música infantil. En el 2004, Adrián Posada tomó
la posta. Años después surgió la posibilidad del
disco. "Diego ya había grabado algunas canciones
que están dentro del disco como Uh, cómo llueve,
así que ellos ya las conocían bien. Yo lo único
que hice fue corregir un poco las voces".
Que salga la luna comenzó como idea dos años
atrás y llevó más de 100 horas de estudio. Por
allí pasaron no sólo los 25 chicos del grupo que
grabaron su voz, sino también músicos invitados
como Martín Morón (de Muuu! y Abuela Coca),
Fernando Olivera (integrante del Cuarteto
Zitarrosa) y Pablo y Daniel Giménez,
percusionistas de la murga A Contramano.
"En el disco queríamos que estuvieran todas
las canciones que hacemos juntos. El tiempo está
después es una de las que más nos define, y una
de las versiones que más nos gusta hacer.
Además, la calle Llupes que Fernando Cabrera
menciona está apenas a unas cuadras", explicó
Posada.
Además, el grupo compone canciones para las
distintas fechas de la ONG como el día de la
siembra, que se celebró hace dos semanas en la
casa. Se trata del día en que todos los grupos
de Giraluna se juntan para sembrar una cantidad
de vegetales. En tiempos de cosecha, todo lo que
de allí sale va a la cocina para alguna de las
cenas.
"A ver, ¿otras canciones que hemos hecho?",
pregunta Posada a Rodrigo, un chico que entró a
los cuatro años y ahora, con diez, ya lleva un
disco grabado y una buena trayectoria en el
proyecto. "A mí me gusta El trovador", dice.
Cada uno tiene su propia canción favorita. A
Guiliana le gusta Pensamiento de caracol, a
Rodrigo le gusta Qué mala pata y a Ana Karen, la
representante del grupo de adolescentes que
trabaja en una casa ubicada cuadras más arriba,
cualquiera de las composiciones que tengan
sonido de murga, como La lunera. Bruno, otro de
los que más años lleva en Giraluna, comenta: "Me
gusta Uh, cómo llueve... y la del mundial".
"La del mundial" es el último paso. Con esa
canción llegaron a cantar al Estadio Centenario,
el día del partido de despedida de la Selección
Uruguaya. Llegaron 112 chicos pa-ra una
presentación de media hora que sustituyó al
preliminar. "Estas cosas se nos ocurren en
reuniones. Esto de ir a cantarles al Estadio a
los jugadores fue idea de Ana, la directora",
contó Paller sobre Campoleoni, quien dio un
emocionado discurso la noche de los Graffiti.
Ahora, el grupo de Giraluna va a hacer lo que
cualquier artista premiado puede permitirse:
salir de gira.
"Nos vamos a Colonia, Florida y Canelones.
Tenemos un proyecto presentado a Fondos
Concursables para extender esa gira. Y además
queremos hacer un Teatro Solís con los
invitados. Queremos regalarle un disco a cada
escuela, a cada CAIF; que esta música llegue a
todos lados", añadió.
Tanto hablar de proyectos hace que ambos se
acuerden de lo que les dijo Mario Carre- ro
cuando los visitó. "Uno nun- ca sabe hasta dónde
llega una canción. Esto es una prueba de eso".
Las Cifras
1988 El año en que Giraluna empezó a
funcionar como grupo de apoyo para hijos de
empleados de la curtiembre Branaa.
120 La cifra aproximada de niños que día a
día asisten al proyecto de educación alternativa
Giraluna, ubicado en Nuevo París.
100 Las horas de estudio que le tomó al grupo
de niños y a los técnicos grabar las canciones
del disco Que salga la luna.
"Venimos a decir que la
niñez es patrimonio de la humanidad"
"¿Y... ya tenemos tres canciones, eh?", dice
Rodrigo, uno de los niños de Giraluna que grabó
el disco en el estudio, cuando alguien menciona
al-go sobre volver a grabar otro. "Son muchas
las ideas, pero ahora lo que queremos es
disfrutar de esto, de llegar a los barrios con
tu música y de ver cómo puede sustituirlas",
explicó el profesor y técnico director del área
musical, Adrián Posada.
Que salga la luna ganó su premio Graffiti al
Mejor álbum de Música Infantil. En la nominación
compitió contra discos como Ambiente Familiar de
Cesitar, Candombe para niños del grupo Palacatum,
El secreto de la yerba mate, de Julio Brum, y
Para escucharte mejor, disco firmado por la
compositora Susana Bosch. "Fue una gran
nominación porque todos esos discos eran muy
buenos. Mucha de esa música nos influye a las
personas que después trabajamos con ellos. Se
acercaron a saludarnos esa noche", recordó.
En la noche de la premiación, los profesores
dicen que sonaron "en estéreo", porque en la
platea, listos para recibir el premio si
ganaban, había 40 niños. Otros 50 estaban en el
tercer piso.
"La gente nos decía que si ganábamos,
teníamos que ir a cantar los que estuviéramos
cerca. Pero para nosotros era un problema, no
sólo porque no estábamos seguros de que fuera a
pasar, sino porque no sabíamos cómo íbamos a
hacer para que los chiquilines se acomodaran.
Pero fue automático: ganamos, subimos todos y
cuando Ana y Adrián estaban por dar las palabras
de agradecimiento, ellos se habían formado
solitos", recuerda la maestra Daniela Paller.
"No transitamos los caminos de ustedes, pero
ustedes nos marcaron este camino. Venimos a
decirles que la niñez es patrimonio de la
humanidad. Nosotros estamos trabajando con ese
40% de chicos que viven por debajo de la línea
de pobreza. Pero estamos acá. Y miren hasta
dónde llegamos. El amor transforma y la música
también. Vengan, los esperamos y los
necesitamos", dijo Ana Campoleoni en el estrado.
Hoy, en la casa de Julián Laguna, los propios
chicos arman las nuevas cajas para que el disco
de Giraluna siga saliendo a la calle. Los puntos
de venta del disco se encuentran en
quesalgalaluna.blogspot.com
Opinan los
"Me gusta hacer todas las cosas que hacemos
en Giraluna. Las únicas veces que no me gusta
venir es cuando tengo que ir a tomar el ómnibus
a la parada. Son las únicas veces que me da un
poco de pereza". (Guiliana)
"Lo mejor es la placita y también los
talleres de música. Ir al Estadio con la
Selección fue increíble, es muy grande cuando lo
mirás desde adentro. De las canciones, la que
más me gusta es Uh, cómo llueve". (Rodrigo)
"Lo que más me gusta es que me llevo bien con
todos. Del grupo de adolescentes y también de
los más chicos. Me gusta hacer de todo en las
funciones, dar una mano en lo que se precise".
(Ana Karen)
"Siempre quiero cantar las canciones y
también me gustan las horas de juego. Además,
los lunes nos enseñan a hacer yoga. Ahora en el
taller de música ya tenemos tres canciones para
otro disco".
(Rodrigo)