Raúl F. Rodríguez Montevideo Uruguay
A donde van las lágrimas que nacen
de mi pecho
y desbordan mis ojos tan añejos.
Tienen la sal que transportan mis
venas
hasta los lacrimales y sin pena
ni causa alguna de tristeza,
afloran cada vez que pienso en ella.
Se evaporan quizá y subiendo al
cielo,
se suman a las nubes que viajan con
el viento
y junto con el polen de las flores,
llegan a Europa pasado ya algún
tiempo.
Seguro que como allí es invierno,
van a caer como lluvia, si pueden,
o si el clima es propicio, como
nieve.
¿Cómo sabrá ella que son mías
esas gotas o copos que la besan y
miman?
Tal vez llegue a sentir lo que yo
siento
cada vez que la nombro o la
recuerdo.
De ser así, no hay duda alguna.
Un par de lágrimas nacidas de su
cuerpo
brotaran de sus ojos. Los ojos que
venero.
Y cuando en el Norte sea primavera,
se
levantarán fuertes los vientos
para
traer en la lluvia de mi otoño,
las lágrimas del Ángel que más
quiero.