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Son la pieza más
vulnerable en la guerra más importante que haya
entablado el Estado uruguayo en bastante tiempo. El
previsible daño colateral que nadie sabe que existe. Es
lo que les toca pero se comportan como si no lo
supieran.
Son los plantadores de
tabaco del norte del país. Un centenar y medio de
familias que se reparten las 300 hectáreas tabacaleras
de los departamentos de Rivera y Artigas, territorio
exclusivo de una producción que supo de tiempos mejores
y, algunos temen, está en peligro de extinción. O de
transformación, que a aquellos que se han dedicado las
últimas tres generaciones a ese negocio, les resulta un
atajo hacia la extinción.
Cuando se anunció el
lanzamiento de la campaña contra el tabaco durante el
gobierno de Tabaré Vázquez, la por entonces ministra de
Salud Pública, María Julia Muñoz, avisó que iba a
atender la situación de las familias plantadoras de
tabaco, potenciales desocupados. Cinco años después, eso
no ha ocurrido y cuando se intentó algo -el programa
Uruguay Rural, por ejemplo-, se ha hecho tímidamente o,
dicen algunos expertos en el tema, sin contemplar la
realidad de los tabacaleros. Los productores desconfían
de los programas oficiales porque les proponen opciones
que en ningún caso, aseguran, les brindan la seguridad
que les da un monocultivo para un único cliente. Y
muchos, agotados por años de promesas inconducentes, no
tienen muy claro qué es lo que les propone el gobierno
que sea diferente de viejos planes fracasados.
Esa desconfianza no es
necesariamente culpa del empecinamiento o de la ceguera
del Estado en combatir un hábito dañino, ni de la
ambición de empresas ante tiempos adversos para su
rubro. De hecho ambos están de acuerdo en que los
productores deben diversificarse. Algunos creen que algo
hay en los propios plantadores (algunos pueden alardear
de cierto buen pasar; otros son decididamente pobres)
que durante 40 años han plantado exclusivamente tabaco
para vendérselo a un comprador omnipresente en la
región, la tabacalera nacional Monte Paz. Hoy muchos de
esos productores coinciden con el Estado y con la propia
empresa -que les financia, abastece, supervisa y compra
su cosecha-, en que es necesario reconvertirse, generar
alternativas, idear un plan B. Pero muchos no lo creen.
"A mí me dijeron que a
esto le quedan tres años", dice Charito Montero, la
esposa de Delmar Suárez, presidente de la Asociación de
Plantadores de Tabaco de Artigas (Apta). Ambos dedican
al tabaco dos hectáreas de las 10 que tienen en
Tamanduá, un paraje a unos 10 kilómetros de Artigas y al
que se accede por un camino de tierra roja que a veces
se hace intransitable y tiene leves cuchillas de fondo.
Las otras ocho hectáreas, explican vagamente, están
destinadas a algunos animales y alguna plantación
doméstica. Con más o menos dramatismo, y menos precisión
temporal, la idea de que el negocio para ellos está en
cuenta regresiva se repite en muchos implicados.
"Esto se termina",
coincide Suárez y argumenta en contra de cada una de las
propuestas que le plantean desde la empresa o el Estado:
sólo le interesa seguir plantando tabaco para Monte Paz.
Se habla de criaderos de pollos, plantar boniatos,
zanahorias o sandía y para cada alternativa Suárez
asegura que las inversiones son prohibitivas y la
rentabilidad escasa. "Ya se ha intentado mucho de lo que
proponen y no funciona", dice mientras tose y enciende
otro cigarrillo.
De hecho para la gran
mayoría de los productores es impensable su vida sin
Monte Paz, instalada en Artigas desde 1970, hace ya 40
zafras. De acuerdo a un repartido oficial, la empresa
tiene como objetivos en la región "experimentar y
adecuar la tecnología del cultivo en el área, divulgar y
promover el cultivo entre los agricultores" y, en el
punto más suculento para los que se dedican al cultivo,
"asistir técnica, práctica y materialmente al
productor".
Y aunque no lo dice ahí,
mantener -ahora en forma anónima porque la ley no le
permite donar a una tabacalera- con recursos a las ocho
escuelas de su zona de influencia (unos 4.000 pesos cada
seis meses) o darle combustible a la comisaría local.
También participan en otros rubros: un libro de Charito
Moreno está auspiciado por Diego Horta, gerente de
producción de Monte Paz, y la cara visible de la
jerarquía de la empresa en la zona.
La empresa firma
contratos con los productores todos los años al inicio
de la zafra, donde se asegura la retribución mínima a
pagar por el tabaco cosechado, curado y trasladado a El
Fortín, el centro de acopio en la zona de Pintado, en
las afueras de Artigas, en terrenos que pertenecían a
Ulises Pereyra Reverbel. En invierno los productores van
allí a buscar el fertilizante y los náilons para los
almácigos; por eso la actividad parece tan sosegada. El
movimiento crece entre marzo y abril. En el pico de la
zafra esa industria emplea a unas 800 personas.
"Hay una gran lealtad de
los productores a la empresa", dice Ricardo Pérez, un
psicólogo (profesión que a muchos productores les parece
incompatible con la promoción de la actividad
agropecuaria) que está al frente de Uruguay Rural, un
programa del Ministerio de Ganadería Agricultura y
Pesca.
El sistema de adelantos
que entrega Monte Paz durante la zafra permite vivir a
los plantadores pero también genera una relación que se
hace demasiado dependiente, según jerarcas locales. Es
una relación que muchos consultados definieron como
paternalista y otros como "enfermizamente paternalista".
De cualquier forma se ha vuelto indispensable y ha
generado su propio universo comercial que se
autoalimenta y que no tiene ningún parangón a nivel
nacional. Monte Paz, por ejemplo, siempre les asegura un
precio mayor que el del año anterior.
Un periodista artiguense
nota, con ironía, que el vínculo entre la tabacalera y
los productores es muy similar a un sistema comunista:
los plantadores sólo tienen que preocuparse de hacer su
trabajo. Del resto se encarga Monte Paz.
El sistema hace que
algunos productores estén endeudados, pero fuentes de la
empresa dijeron que es muy difícil que se ejecute a
alguien. Hay coincidencia en que la empresa suele ser
contemplativa y generosa y que, sólo en pocos casos han
tenido que recurrir a destruir las estufas, por ejemplo,
que también financia la tabacalera.
"Este negocio tiende al `cerrá
y vamos`", dice Amadeo Francia, un productor de 63 años
que dedicó dos décadas al tabaco y hoy trabaja con sus
tomates en el invernadero. Vive en Estiba, una serie de
casas a las que nunca le falta la estufa de tabaco, y a
las que se accede por un serpenteante camino que pasa,
en la punta de un cerro, por un cementerio pobre de
lápidas con azulejos. "Para allí vamos", bromea Francia.
En Estiba no hay productores que tengan más de dos
hectáreas y todos "sobreviven" plantando "tabaco sobre
tabaco" desde hace 40 años. Mientras tanto, "la gurisada
se sigue yendo", aporta Francia, que trabaja con una
faja en su cintura en un terreno al que se accede entre
durazneros y aparece bastante agreste.
Aunque reconoce, como
todos, que la llegada de Monte Paz sacó al paraje de la
miseria y, como todos en la región tabacalera
artiguense, sólo tiene palabras buenas para la empresa,
asegura que se trata de un "cultivo sin esperanza". Y en
eso no sólo inciden las políticas oficiales antitabaco
(el diagnóstico de decadencia de la industria en la zona
ya va para los 10 años, es decir, antes de Tabaré
Vázquez, a quien en la región algunos califican de
fundamentalista), sino también la falta de una
producción alternativa que brinde la misma seguridad que
el tabaco.
Asombro se volvió
esperanza. De acuerdo a cifras oficiales de la empresa,
de aquí, del norte del país, salen las 900 toneladas de
producción anual de tabaco uruguayo, que representa el
10% del tabaco con el que trabaja Monte Paz. El kilo
está a unos tres dólares y en una buena cosecha se hacen
2.300 kilos por hectárea. El promedio es, de acuerdo a
datos de Monte Paz, de chacras de 2,3 hectáreas. Con
menos de eso, se saca poco más que un salario mínimo que
es muchas veces es el único ingreso de una familia.
Algunos se las rebuscan en la caña de azúcar, donde
pueden llegar a hacer mil pesos por jornal, otros
trabajan en un empleo público y otros buscan changas en
la zona o atienden pequeñas quintas.
"Nadie se hizo rico con
el tabaco", apunta un productor. Eso es evidentemente
cierto pero ha permitido al menos a tres generaciones
salir adelante y transmitir los hábitos del trabajo de
abuelos a nietos. Todos los avances son gracias a Monte
Paz, que se instaló aquí a fines de la década de 1960
para hacer un experimento con los suelos para finalmente
quedarse y apoyar el crecimiento de una región que se
parecía más a una toldería de ranchos de adobe y ahora
tiene caminería y comodidades. |
La ilusión de la llegada
de la tabacalera queda reflejada en un poema que a fines
de la década de 1960 escribió el propietario del primer
terreno dedicado al tabaco, Ramón Costa.
La asistente social
Gabriela Vasconcellos, quien recuperó ese texto en una
serie de entrevistas con los viejos plantadores, hace
notar la emoción de Costa y destaca cómo no va a estar
agradecida la gente de la zona a Monte Paz. Los
productores tienen suspicacias hacia el Estado pero
confían en la empresa.
Desde siempre el sistema
consistió en que la tabacalera financia las plantaciones
y se lleva la totalidad de la producción. Al principio
los productores entregaban la hoja pero luego tuvieron
que entregarla curada, lo que aumentó los costos y los
"números dejaron de dar", opina Vasconcellos para quien
esa fue la primera señal de alarma del final del
negocio. Desde entonces, y en eso coinciden los muchos
testimonios recogidos por la asistente social, el tabaco
"sólo da para sobrevivir". O como dice otro pionero de
la zona, "con una hectárea apenas se vive para el
cultivo".
Muchas de las casas en
las que viven los productores son apenas dignas y fueron
construidas en épocas de mayor estabilidad del negocio.
Todas están acompañadas por ese enorme horno de
ladrillos que asemeja la torreta de un castillo. Allí se
curan las hojas de tabaco. La tierra en la zona es pobre
y arenosa y sirve para poca cosa más allá del tabaco.
Agosto es tiempo de
almácigos, así que ahora la actividad es mínima y muchos
de los hombres están trabajando en otro lado. Cuando
empieza el trabajo fuerte, algunos contratan hasta unos
10 jornaleros. Sólo los productores más preparados o con
más tierras han podido hacer una diferencia de dinero
importante. En general la producción se desarrolla en
minifundios familiares afincados en tierras fiscales, lo
que también detiene cualquier intervención estatal pero
no ha impedido que muchos tabacaleros vendan sus
terrenos para chacras de fin de semana de los
artiguenses.
Con su sistema de
adelantos, Monte Paz les administra la economía familiar
de una manera racional que, muchos temen, los
productores no podrían hacer solos. Es por eso que
algunos piensan que "si hoy se corta el tabaco,
socialmente es un desastre", como dice una fuente de
Monte Paz que prefirió el anonimato por respeto a la
política de perfil bajo de la empresa.
Aunque el informante
reconoce que estos últimos han sido un par de años malos
(uno de seca y otro de lluvia), que están "preocupados"
y que el cierre es una "posibilidad", asegura que Monte
Paz no planea irse. Una de las razones es no dejar en la
calle a la gran mayoría de los productores que
exclusivamente dependen de su contrato, y que, por
ahora, sigue cerrando el negocio. Un documento de la
firma, al referirse a perspectivas de futuro, habla de
una "prudente expectativa" y menciona varias veces la
necesidad de abatir costos.
Este año, algunos
productores creyeron que el momento que más temen había
llegado. En medio de incrementos impositivos y la pelea
del Estado con Philip Morris, Monte Paz (que acusa a su
competencia de bajar los precios a niveles de una
competencia desleal) demoró la firma de los contratos de
zafra y sin ellos no hay dinero, ni trabajo en la
región. "Fueron momentos de bastante preocupación", dice
Suárez. "Los productores estaban angustiados, fueron
días de zozobra", aporta Pérez, de Uruguay Rural, para
quien la demora fue el primer problema concreto después
de años de rumores y amenazas veladas. "Pero funcionó
para sensibilizar a muchos productores de que éste es un
proceso que puede llevar al final de la producción
tabacalera". Y que la caída se alivia "encarando una
producción secundaria".
Eso no es tan fácil.
"¿Quién se compromete a comprarnos la producción?", se
pregunta Nelson Fernández, un ex dirigente de los
plantadores en la portera de su chacra cerca de
Guayubira. Dice, y muchos coinciden, que ya se probaron
otras cosas y que nada ha funcionado. El principal
reparo es el limitado mercado artiguense, aunque desde
los programas estatales y municipales se piensa que
debería apostarse a la exportación o conseguir llegar al
sur del país. Algo es seguro: si todos se van a
reciclar, lo van a tener que hacer de manera organizada.
Y quizás no deban aguardar que alguien le solucione
todo.
Esperan eso del Estado,
pero el Estado les ha dado, dice, mensajes poco claros.
Desde Uruguay Rural se asegura que ha habido "intentonas
interesantes" pero que la logística es difícil y que
debería haber una política de incentivo para subsidiar
la producción familiar. Los productores que sienten que
los están obligando a salir del cobijo de Monte Paz
hacia la intemperie de la oferta y la demanda,
desconfían de que plantar tomates, frutillas o boniatos
los mantenga en pie. Es muy probable que no.
Eugenio Ayala, de la
dirección de Agroindustria de la Intendencia de Artigas,
agrega que además de la demora en la firma de los
contratos, otra "señal problemática" es que "50% de las
tierras" dedicadas al tabaco "está en problemas". Para
Ayala -quien atiende de jogging en su oficina en la
cabecera del puente que lleva a la brasileña Quaraí- "a
pesar de que se hacen rotaciones, hay algunas zonas que
se han empobrecido y no tienen materia orgánica". Desde
el programa Uruguay Rural también se habla de los
riesgos del monocultivo pero se atenúan las
complicaciones. Las fuentes de la empresa hablan de un
cuidado de la tierra, a través de verdeo.
"El eje se está
desgastando desde hace tiempo", dice José Luis
Fernández, un productor de dos hectáreas de Estiba que
parece mejor preparado para afrontar los peligros sobre
la industria con su sistema de riego y su
infraestructura cuidada. "Y la piola se va a romper por
el lado más débil", dice haciendo un gesto que parecería
abarcar a todos los productores de la zona. Fernández
está confiado, sin embargo, que el negocio va a seguir y
asegura que él va a plantar tabaco hasta el último día.
Entre la terquedad y la
necesidad, los plantadores de tabaco, se saben
prisioneros de un destino implacable. "Están mal
acostumbrados", dice un ex jerarca municipal. Y quizás
tenga razón pero no hay nada peor que saberse un daño
colateral y no encontrar el salvoconducto para dejar de
serlo.
Una ley
que golpea en el norte
El 1° de marzo de 2006 se
estableció la prohibición de fumar en los espacios
cerrados, tanto públicos como privados. Fue un decreto
de Tabaré Vázquez. Desde entonces, se aplicaron otras
medidas restrictivas como la de prohibir la publicidad
de cigarrillos, aumentar las advertencias sanitarias en
las superficies de las cajillas. Además se aumentaron
los precios y los impuestos.
De
ranchos y progreso
En una publicación de
2006, Control de Chagas en Artigas, el ingeniero
agrónomo Alejandro Bernardo Clavier rescata los
comienzos del cultivo de tabaco en la región. El
principal impulsor fue su padre Alejandro Juan Clavier.
"En 1969 se traen
plantines del sur del país y se plantan en la chacra del
señor Ramón Costa" (...) "Lo convencen a Ramón de que
haga los primeros ensayos y se plantan por primera vez
media hectárea de tabaco. Papá se va y como a los tres
meses, lo llaman y le dicen Clavier, mire que las
plantas de tabaco tienen como dos metros de altura`, le
hace una propaganda bárbara y le pide que viniera a ver
porque estaban impactados con el desarrollo de las
plantas. Efectivamente el desarrollo había sido bueno y
eso anima a la empresa al año siguiente a radicarse en
Artigas y a iniciar los cultivos". (...)
"La zona en ese momento,
si bien existía una infraestructura predial pequeña en
realidad los agricultores o productores no tenían
tradición agrícola, eran zafreros de la caña de azúcar,
esquiladores, troperos, a veces changadores de la zafra
de arroz." (...)
"Hubo que transformar
peones de estancia en agricultores". (...)
"En ese entonces sus
casas en la década de 1970, eran hechas de adobe de
barro y techo de quincho. Y normalmente eran dos o tres
casitas, donde una era el dormitorio, otra la cocina,
otra el comedor". |